Ya no me escondo más

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Cuando llevas 18 años con la artritis a tus espaldas te das cuentas de las muchas fases por las que has pasado: rechazo, aceptación, vergüenza, miedo, inseguridad, protección o sobreprotección…

Quizás, uno de los mayores miedos que tiene alguien cuando se le diagnostica una enfermedad crónica es la incomprensión, el aislamiento social, la desinformación y, sobre todo, esto se intensifica si hablamos de esas enfermedades invisibles por todos pero más visibles que nunca por ti mismo. Este es el caso de la artritis o, al menos, de la mía.

El problema de todo esto llega cuando te sientes incapaz de contar qué te pasa, cuán intenso es tu dolor, por qué hoy te sientes más cansado a pesar de no haber hecho ningún gran esfuerzo – aunque para ti, seguramente, poner una lavadora y tender la ropa haya sido como correr una maratón pero sin llegar a la meta – o por qué no puedes seguir el ritmo en la universidad o el trabajo.

Todas esas inseguridades nos atormentan. Día tras día. Hora tras hora. Llega un punto en el que te planteas que quizás no te entienden porque quizás estás exagerando. Quizás no estás tan enfermo y lo que te sucede es que te sientes enfermo. Dudas y vuelves a dudar. Una y otra vez. Tu vida se convierte en un bucle de preguntas sin respuestas pero, en muchas ocasiones, esas respuestas no llegan porque no dejamos que lleguen.

De ahí la importancia de huir del aislamiento y pedir ayuda. ¿Realmente crees que si no explicamos cómo nos encontramos, qué nos pasa, qué nos duele, qué nos molesta, alguien podrá saberlo? Ni tus padres ni tus hermanos, ni tu pareja, ni tus amigos y ni siquiera tu médico sabrá cómo estás si tú no lo explicas.

Parece algo sencillo, pero no nos engañemos: no lo es. Nos encerramos en el “no nos entenderán” y eso solo nos lleva a un profundo desentendimiento con los demás. Nos volvemos inaccesibles.

Llevo diagnostica de artritis idiopática juvenil desde los 7 años. En la actualidad, tengo 25. La artritis se comportó conmigo realmente bien en mi adolescencia. Apenas sufría brotes y, a pesar de vivir pendiente de las pastillas, podía desempeñar una vida normal. Aun así, yo no podía hacer todo lo que hacían mis amigos. No podía salir de fiesta durante dos días seguidos -porque si hacer las tareas de casa nos supone fatiga, trasnochar 48 horas sería como participar en las Olimpiadas-, no podía participar en las clases de educación física del instituto y tampoco podía escribir con la misma rapidez en los exámenes que el resto de compañeros. Paradójicamente, fue mi etapa más fácil en cuanto a salud y más difícil en cuanto a lo emocional.

¿Por qué? Por querer ser como los demás. Por no querer dar explicaciones – el resto no tenía que darlas – y, por ello, cuando la rigidez aparecía, los dolores volvían y la ansiedad se apoderaba de mí, yo me escondía. Cuando toqué fondo acepté que tenía una enfermedad crónica y en lugar de luchar contra ella, poco a poco y con mucho esfuerzo aprendí a luchar con ella.

En ese instante, me liberé. Me di cuenta de que si yo no me acepto el resto tampoco me aceptará a mí. Si yo no me conozco, no podrán conocerme. Y lo más importante: si no me quiero, tampoco dejaré que me quieran de una forma sana los demás.

Ahora bien, aquí no hay negros y blancos. Existen los grises y un amplio abanico de gama de colores. Es decir, ni todo es tan difícil, ni todo tan fácil. Esto es como una montaña rusa: necesitamos apoyo en las subidas y frenos en las bajadas. Confía en tu círculo más íntimo y en tus especialistas sanitarios porque, por muy largo y oscuro que parezca el túnel, acabarás atisbando luz al final del mismo.

  • rechazo
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